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La experiencia de crecer para ellas será mirar por primera vez a la cara el fondo y retorcer el silencio hasta que salga un ruido, emanciparse de eso sin nombre que, pronto sabrán, las atraviesa como mujeres, como personas, y que es ya memoria colectiva. Aprenderán, entonces, “por qué vivíamos tan diferente si éramos de la misma familia”, como dice una de las primas de su primer cuento.
Las chicas de Quiltras tendrán que soportar que las encajonen en periferias, resentimiento social y rollos generacionales, referentes pop femeninos noventeros e imaginismo urbano marginal mediante. Pero su rebelión real habrá sido poner en marcha esta lengua de bestia, esa cadencia rota e irrecuperable del argot cotidiano del barrio empobrecido, que nombra y renombra, desde una falsa nostalgia, para dejar bien nítida la brecha de nuestros desencuentros. Son el tipo de cosas que sólo se aprenden en los bordes: saber cortar con filo las palabras cuando se ponen inútiles. O lo que hace Arelis con la realidad, dejar que esta la acompañe como una perra en el camino de regreso a casa hasta el paradero 20, como si fueran dos obreras amigas proletarias.» | Gabriela Wiener
